Educado para complacer

“Cuando seas mayor, comerás lentejas”. Al calor de este futurible fui creciendo, convencido  de que los niños éramos un proyecto por concluir y por eso no se nos hacía caso, pensando que llegaría el momento en el que no se nos mandaría callar.

Bueno, pues, ahora que ya soy adulto no solo no se me escucha sino que estoy obligado a soportar las travesuras y los berridos de quienes, ahora sí, son tenidos en cuenta. No me quejo, cada cual debe tener su espacio y su mención, pero, ¿quién me resarce ahora de las expectativas fallidas?

Pensándolo bien, tampoco tengo gran cosa que decir y si alguna vez necesito desahogarme el problema será encontrar a un interlocutor, porque para hablar somos muchos, pero para escuchar…

Confieso que gran parte de los deseos y pretensiones ajenas me las traen al pairo, y no disfruto mucho con lo que otros se acaloran, y quizás será mejor que esté en silencio para que la tontería no se difunda tanto.

Si digo algún inconveniente alguien se enfadará, ese enfado que se manifiesta en forma de bronca, o de denuncia en los juzgados (corren unos tiempos…)

La ofensa pende de un hilo muy fino, y la interpretación muchas veces muestra un solo lado. No me gusta molestar y me enseñaron a ser educado, también a decir y hacer lo que se esperaba de mí. Y la contención forja el carácter.

No se me ocurriría, por ejemplo, despejar los vestigios de un constipado con lo que alguien venera, solo faltaría, escojo muy bien donde estrujarme las napias, tampoco me da por burlarme de los símbolos que me encuentro, que no son pocos, y paseo aturdido por el estupor con el que me sacuden los sentidos las manifestaciones de las pasiones ajenas, las que se muestran sin reparo.

Soy agradecido y bendigo mi suerte por no tener que hacer altos en el camino cada vez que suena algún cántico o se enarbola una bandera, como antes, cuando tenía que cuadrarme y saludar marcialmente hasta que la cosa acababa so pena de que algún código me metiese en cintura, y nunca se me ocurriría gritar que “la música militar nunca me supo levantar”, como cantaba Brassens, aunque lo piense.

Suelo callarme lo que barrunto y les río las gracias a quienes no la tienen.

Me llama la atención que solo nos fijemos en el eructo o en el exabrupto, porque eso dice mucho de nuestra altura intelectual, y probablemente pasaría desapercibida cualquier manifestación o crítica, por contraria a los sentimientos que fuese, si se pronunciase de buenas maneras, con la expresión quieta y el gesto amable. Así que, a ver si aprendemos a decir las cosas con cariño, con mesura, con argumentos. Aunque, pensándolo bien, a lo mejor nadie lo entiende.

Bueno, mejor me callo, que no quiero problemas con nadie.

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