El jeta de Jacinto

Practicando tiro en una caseta de feria

Jacinto siempre tenía hambre y se zampaba, o se guardaba para después, lo que a ti te sobraba de la merienda que te preparaban en casa cuando ibas al colegio. En el aula, con los lápices que apenas podían agarrase entre los dedos. En el recreo, con las canicas que se despistaban y los cromos repetidos.” ¿Por qué no me los das, si tú ya no los necesitas?”

En la adolescencia fuimos una vez a una verbena y practicamos el tiro en una caseta. Cada vez que tirábamos los muñecos que había en una cornisa nos daban un vale, y con tres de ellos se podía elegir uno de los regalos que tenían en los expositores. No conseguimos el regalo, pero Jacinto se guardó los dos vales que no podían canjearse.

Luego fuimos a tomar unos cubatas a un recinto al aire libre con música sin antes pasar por taquilla, como era preceptivo. Pidió la bebida al benjamín de los camareros y le soltó los dos tickets que se había guardado. El otro los miró, hizo una mueca y los rompió. Diez minutos después, le dijo si le podía rellenar un poco la copa.

Porque las copas de Jacinto se solían rellenar, y se jactaba de tomarse dos aperitivos cuando se iba de cañas, y era muy diestro para alcanzar algo de lo que había en la bandeja cercana sin que el camarero lo notase. Si quedábamos para comer un menú, una ración de pan no era suficiente, su postre quedaba bañado hasta el colmo por nata o caramelo, y el chupito de después caía sin coste. La propina la ponías tú.

Estaba muy bien enseñado y en su familia debían de ser todos iguales, de casta le viene al galgo, y muchas veces me pregunté  quién sacaría la cartera cuando no encontrasen ningún tonto cerca.

Si te acompañaba a comprar una colonia, mientras te despachaban él se untaba con todas las muestras y, si el dependiente se despistaba, era capaz de abrir incluso los frascos nuevos que estaban a la venta.

Empezó a fumar. Siempre te pedía un cigarro. Él no compraba porque estaba intentando dejarlo.

Nunca llevaba suelto, ni agarrao, y el cajero de su banco quedaba muy lejos.

Fuimos creciendo y su técnica se fue depurando: tenía un “buen amigo” abogado, médico, o asesor fiscal.

Casó bien y se fue haciendo un capitalito. Se invitaban a cenar y nunca traían el postre y la casa de ellos no la conocí. En la ocasión en que rompí con mi pareja llamó al timbre –se había divorciado– portando una maleta y presentándose:

– No, que como tienes una habitación y un baño de sobra, me vengo contigo para que no estés solo.

Ha asistido gratis a conciertos de música, obras de teatro, ¿le interesaban? No, pero como eran gratis.

Hace mucho tiempo que no lo veo, seguramente ahora se codeará de personas distinguidas, y al cortarme con el cuchillo del jamón me he acordado de cuando me caía de pequeño y me hacía una herida. No temía que mi madre me regañase por haberme caído estúpidamente sino cuando me decía que se me podía salir el tuétano, por si Jacinto estaba cerca y me lo quitaba.

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