Hay días en los que uno no debería salir a la calle

Apartamentos y playa de Torrevieja, Alicante

Llevamos cinco días en Torrevieja. Ayer, después de desayunar, salí a comprar tabaco y la cosa no empezó bien. Me dieron una cajetilla que ponía en letras muy grandes “FUMAR PROVOCA CÁNCER”, al pie de la foto de unas vísceras que tenían una pinta horrible. Me quedé mirando a la dependienta y le sugerí que ya que me había largado ese paquete al menos me podría hacer un descuento.

Me miró de un modo que no sabría describir. Por cierto, mis ojos siempre miraban cierta parte de su anatomía muy difícil de eludir: yo no tengo la culpa de que se pareciese, como dos gotas de agua entre sí, a la estanquera de Amarcord.

Salí a toda prisa murmurando, y atropellé a un peatón que estaba en la acera. Se abalanzó sobre mí rodeándome con sus brazos, con todo lo grande que era, y me dijo: “pero hombre, tú por aquí, Antonio”. Era Ángel Martínez, mi vecino de al lado (menuda suerte). Me ordena, no se le puede contradecir, que le acompañase a tomar unas birras a un chiringuito que había al lado de la playa, donde había quedado con Josefina, su mujer.

El tío se embuchó tres jarras de cerveza en menos de cinco minutos, quedándosele la espuma en el bigote, y, como es muy exagerado en sus manifestaciones, nos espurreó a Josefina y a mí. Ella dijo “Uy”, y empezó a reírse a carcajadas Los Martínez no pasan nunca desapercibidos.

Él llevaba una camisa estampada sin abotonar, luciendo una panza de color rosa, y ella una pamela que se había comparado en El Corte Inglés. Siempre hablan a voces, de hecho Josefina Martínez se relaciona desde la terraza con una señora que vive al otro lado de la calle. Lo hacen a diario, y no se cortan ni un pelo.

Bueno, cómo será que cuando salgo a pasear al perro, como alguno de los Martínez esté ese momento en la terraza y me vea, me llama a gritos. Pero, ¿qué tendrán, que decirme? A mí estas actitudes y esas confianzas me ruborizan, y he optado por salir casi siempre con unos cascos, para disimular porque nunca los llevo encendidos.

Tienen un hijo, Manolito (yo le llamo Manolón), que toca el tambor y tiene la cabeza muy grande. Cuando se lo comento a mi santa, me dice que soy un exagerado, que no es para tanto, que al niño le gusta la música y yo no tengo oído, que baje la voz, que hay que llevarse bien con los vecinos, que los niños ahora están muy protegidos, que yo a lo mejor no sería tan rarito si mis padres no lo hubiesen hablado todo delante de mí, y que como me oigan lo mismo me ponen una demanda civil.

Para ella poner una demanda civil es de las peores cosas que le pueden pasar a alguien, lo debe de haber oído en la radio. Entonces bajo un poco la voz, y le contesto que el niño es raro, que aunque le saca un palmo a los niños de su edad es por tener la cabeza tan gorda, y que si se observa bien sus hombros están a la altura de los demás (Me acuerdo del colegio, de cuando jugábamos a fúrbol, y había un compañero que también se llamaba Manolo y también tenía la cabeza de buque –así le llamábamos–, y cuando corría detrás de la pelota, la cabeza le oscilaba de un lado a otro, sin control, parecía que de un momento a otro se le iba a desprender del tronco).

Bueno, pues, siguiendo con el relato, tuve que llamar a mi mujer, y comimos todos juntos, también Manolito Martínez. Nos dieron las cinco de la tarde, yo ya estaba harto de risotadas, y de que pidieran cervezas una y otra vez, sin consultar, y raciones refritas de pescados que no se sabían de lo que eran, pero que a todos les debían de gustar mucho. Excepto a mí, que a mi morfología no le cae bien saltarse las rutinas, ni los horarios de las comidas.

Luego se empeñaron en que les acompañásemos al apartamento que se habían alquilado, con vistas al mar. Y Ángel Martínez me llevó al cuarto de baño para que contemplase las vistas. Tuve que descolgarme medio cuerpo afuera y girar el cuello noventa grados por una ventana estrecha para poder ver la costa. “No te preocupes, hombre, que yo te sujeto”, me dijo (ahora tengo tortícolis) Se nos hizo de noche.

El niño, ¿se lo pueden creer?, se había llevado el tambor y empezó a tocar, y todos alabaron sus progresos, incluida mi santa, y a mí me pareció que solo hacía escalas, siempre las mismas (ahora también tengo dolor de cabeza) Después pidieron unas pizzas, y Manolón se zampó una familiar él solito.

Llegamos a nuestro apartamento, sin vistas, a las tantas de la noche (ahora también me duele el estómago)

Esta mañana se han presentado con unos churros para que desayunásemos juntos y conocer nuestro apartamento. Quieren que nos vayamos a la playa todos juntos. Pero yo me he metido en la cama, he cerrado la puerta del dormitorio, me he cubierto con las sábanas y me he untado la cara con el betún de mis mocasines de color corinto, y le he dicho a mi mujer que les dijera que me he quemado por el sol.

Josefina, –lo he escuchado detrás de la puerta– ha contestado que eso era muy extraño, que cuando bajo a la piscina de la urbanización tomo precauciones, y me cubro con un sombrero mexicano tan grande que no es necesario instalar la sombrilla. Luego ellas han seguido hablando de las rebajas, y no sé de cuantas cosas más. Miguel Martínez las ha interrumpido diciendo que me meto en el agua poco a poco, como las señoras mayores, no como él, que siempre se tira de cabeza. Lo que ignora es que causa la risa de los que están allí por los barrigazos y el ruido que hace, pero él se contonea delante de todos como un pavo real.

Entreabriendo la puerta, mi mujer me ha dicho bajito que no me da un beso por razones obvias, que se va con ellos y que está harta de ir sola a la playa. Mi mujer, será muy santa, pero le encanta llevarme la contraria.

Así que se han ido todos juntos, con el niño, diciendo que qué pena por no haberse encontrado antes.

Nos queda una semana, pero pienso volver cuanto antes a casa. Con lo bien que se está en Madrid en Agosto. Sin los Martínez.

Antonio Pérez Gallego

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