Reescribir la historia

Basílica del Valle de los Caidos en Madrid

Analizando mínimamente las noticias de este verano se concluye que, además de la sempiterna cuestión catalana y la inmigración, toma relevancia la exhumación de Franco: el dictador, el genocida, el fascista, el que sumió a este país en el aislamiento, el máximo responsable de una economía autárquica alejada del resto de nuestros vecinos europeos, impidiendo el desarrollo, situándonos a la cola. Todo ello, eso sí, vociferando el interés de España, y de los españoles. ¡Faltaría más!

Si se observan los diarios, las noticias referidas a esa época oscura son las más consultadas. Nos dicen que son cosas del pasado y que hay que mirar al futuro, y el Gobierno debería centrarse en las cuestiones serias, las de comer, aquéllas que más influyen en nuestro día a día y en el futuro. Todos sabemos cuáles, no hace falta mencionarlas.

Por todos lados surgen análisis, artículos de opinión, comentarios; llevando a un revisionismo de la historia acorde con los tiempos. Ese revisionismo que, allende nuestras fronteras, ha cuestionado si realmente ocurrió el holocausto judío. Ese intento generalizado e intencionado por reescribir la historia, por dotar de farsa los acontecimientos, las evidencias, los testimonios. Que, junto con las noticias falsas o “fake news” llevan a dudar y poner en entredicho la certeza de los hechos.

Tampoco ayuda a la construcción y análisis de cualquier realidad la mentira descarada, los testimonios de los políticos o de algunos “periodistas”. Y digo mentira, consciente de haber pasado ya de los eufemismos y el sesgo de los análisis y las afirmaciones, a decir rotundamente falsedades, sin que quien las protagoniza no haga una mueca o gesto que lo descubra, porque si algo han aprendido es a ocultar cualquier síntoma, y te mienten en la cara, una y otra vez.

Lo hemos visto cuando se cogía “in fraganti” al exministro José Manuel Soria negando tener empresas en Panamá, a Cristina Cifuentes exhibiendo documentos manipulados declarando haber realizado su máster (son solo dos ejemplos, hay muchos más) Después surgirían los apoyos incondicionales de sus huestes. Porque todo vale, todo excepto reconocer lo sucedido, y afrontar la responsabilidad. Esta es la triste realidad.

Y si quienes a la luz de los acontecimientos recientes son capaces de mentir tan descaradamente, no digo ya si los asuntos a considerar se ven enturbiados por la distancia del tiempo y la dificultad de recabar experiencias. Amén de la documentación de carácter reservado e inaccesible para los historiadores, o la conciencia clara de manipular.

Solo unos pocos españoles han vivido la guerra, y son ya muy mayores, y tampoco son muchos los que vivieron la dictadura, y desde ese punto de vista las impresiones o las ideas sobre lo sucedido no son experiencias vividas, y los testimonios se forjan por lo transmitido por nuestros padres y abuelos. También por los libros de historia, pero mucho me temo que, si en este país no se lee mucho, menos aún la historia.

Cada uno es muy libre de hacer con su tiempo lo que quiera, y si teniendo todo el día encendido el televisor se ven colmadas sus inquietudes, no tengo nada que objetar. Lo que no puedo dejar de criticar es cuando se lanzan a dar opiniones sin el más mínimo rigor, con la audacia y la osadía que da el desconocimiento. No es mi intención leerle la cartilla a nadie, pero no puedo callarme ante lo que entiendo son opiniones lanzadas al viento temerariamente, sin ambages.

Y no me refiero tan solo a los que en la intimidad de su grupo de amigos o familia defienden acaloradamente sus postulados. Lo peor es que muchos se atreven a decir lo que dicen públicamente, por ignorancia, o por mala baba. Esto es, siendo conscientes de la repercusión de sus palabras.

Respecto de la Segunda República, la Dictadura o la Guerra Civil, se oye de todo. A veces no doy crédito. Muchos análisis desprenden bilis, furor, rabia. En un tótum revolútum que hace un cóctel imbebible. Porque a algunos, espero que no demasiados, se les están viendo las entrañas, la mala leche, la pose fingida, su auténtico “yo” revestido de hipócrita democracia.

Antonio Pérez Gallego

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