Refranes y exabruptos

Hay un refrán ante cualquier situación, un mensaje de esa sabiduría popular que todo lo impregna, lo juzga, sojuzga, sentencia, o acomoda a la medida de un pensamiento que pretende calar en el ideario saliendo al encuentro cada vez que se reclama de una voz firme, de una última y definitiva conclusión, la rotundidad que deviene necesaria como consecuencia de un acto previo, y para el que siempre hay (o casi) otro refrán, un homónimo de distinto significado o interpretación, quizás un antagonismo del primero acaso porque su fuerza radique en la oportunidad del que lo emplea y no en su veracidad.

Callamos a menudo cuando escuchábamos tantas veces aquellas máximas pronunciadas por quienes peinan las canas de la experiencia, por las proclamas, actitudes, vivencias y maneras de una generación sufrida, acosada por las carencias, ahogada por la represión, sentenciada a la miseria, aislada del exterior y temerosa de las funestas consecuencias que una salida de tono pudiera tener, que solo se atrevía a susurrar  al oído con los ojos despiertos para que sus palabras no trasvasaran el aroma de su aliento.

Callamos y nos mandaron callar por prudencia, miedo o sumisa aceptación de la realidad, porque la libertad de expresión era una quimera y se adormecían las conciencias con la amenaza de una brutal represión, y porque entre los desfavorecidos había otras prioridades, más inmediatas, como encontrar la manera de sobrevivir con un trabajo siempre escaso e insuficiente para el sustento familiar.

La agonía lenta y pausada de las frases convencionales de antaño ha venido a la par de la progresiva desaparición de las generaciones que confraternizaban con su uso, encontrando adeptos que se jactaban de conocer una nueva mención, una respuesta que rayaba en la gracieta, zanjando cuestiones que acaso merecían de una reflexión serena, buscando el acuerdo, el acercamiento, el entendimiento que agrada y empatiza en lo impenetrable del pensamiento castrado, en la reflexión sobre algún aspecto cercano. También significaba el recurso de una sociedad regida por bastardos de la peor condición que accedieron al poder por la fuerza de las armas y se perpetuaron en el mismo durante casi cuarenta años.

Hoy utilizamos formas de expresión más contundentes, directas, pero lamentablemente volvemos a encontrar similitudes con ese pasado de sometimiento y falta de libertades cuando, a modo de ejemplo, se condena a alguien por mofarse del asesinato de un presidente del Gobierno sucedido en la dictadura (recientemente, el Tribunal Supremo se ha pronunciado, en este caso, contrariamente a lo dictado en Primera Instancia), un régimen no elegido por la voluntad popular y cuya condena debería ser unánime, sin paliativos, al margen de ideologías, como debe condenarse con firmeza el terrorismo de ETA.

Terrorismo fue también el ejercicio de la violencia por el Estado durante la dictadura, sin embargo, no parece que se trate del mismo modo a ambos al permitir que, los todavía hoy incomprensiblemente adeptos de aquella época nefasta, se manifiesten exaltadamente invadiendo los espacios públicos.

Probablemente, la mayoría de las personas no utilizan el insulto en sus críticas y les desagradan determinadas formas, pero la condena penal es excesiva, y se ha referido repetidamente que el pulso de una sociedad democrática se mide por sus libertades, muy especialmente por la libertad de expresión, y el uso y encaje de dicha libertad de expresión con el resto de las libertades debería hacerse con amplitud de miras.

El auge económico de los ochenta ha encubierto asuntos que hoy, tras los efectos de la crisis económica por una mayoría no superada, salen a la luz y cobran su máxima expresión ante la respuesta de los poderes públicos a las necesidades sociales legislando o interpretado restrictivamente las leyes. Por no mencionar las desigualdades en el trato a unos ciudadanos y a otros, tantas veces denunciadas.

“En la casa donde no hay harina todo es mohína”

Antonio Pérez Gallego – Madrid

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