Vivo para contarlo

Vivo deprisa en este mundo virtual que me tiene atado a la silla con el ordenador o el móvil encendidos durante todo el día.

He renunciado a contemplar la luz, exceptuando la que se filtra desde esa ventana próxima que me dibuja un exterior cada vez más ajeno y distante que está a unos pocos pasos del umbral de mi puerta; una línea que traspaso cuando la necesidad apremia, para no perecer. ¿Estoy solo? ¡No!, infinidad de almas contemplan las fotos hechas en mis incursiones al exterior y comparto a la mínima ocasión, como una comida suculenta sentado en una opípara mesa.

Espero con ansiedad las respuestas de mis amistades; alabanzas en forma de «me gusta», mucho más gratificantes que las aburridas conversaciones que tengo con ellos, los cuales, por cierto, ya están haciendo lo propio, ensimismados con sus móviles mientras muestran una mueca de satisfacción (A Diego no le voy a decir que le gustan sus publicaciones, hace tiempo que él no lo hace con las mías)

Además, ¿qué sentido tiene salir a la calle si es una continuación de mi habitación?, si cada vez que intentaba hablar con mis amigos era para discutir y cada uno quería tener razón, a veces a gritos, sin escucharnos.

 «Mira éste vídeo», les digo enseñando mi móvil, después de un breve saludo. A lo que ellos me responden mostrándome los suyos: «mira lo que me han mandado a mí…».

Que aún no has dicho que te gusta esta publicación…y, ¿a qué esperas?,  pues dentro de unos minutos voy a hacerme un selfie para que veas lo bien que me conservo a pesar de los años y espero sepas apreciar con expresiones como «por ti no pasa el tiempo» o, sencillamente, un ¡guapo!, dicho, ¡claro está!, con la sinceridad y seriedad propias que el asunto merece, necesarias para mantener mi ego, y mi latente felicidad.

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